CUARESMA: CAMINO QUE NOS CONDUCE A LA CELEBRACIÓN DE LA PASCUA
Mensaje del Sr. Arzobispo
Metropolitano de Santiago de Guatemala
Excmo. y Rvmo. Mons. Oscar Julio Vian Morales, sdb.
en ocasión de la Pascua
del Señor 2011
Queridos hermanos y hermanas:
Al inicio de mi ministerio episcopal como arzobispo de esta arquidiócesis de Santiago de Guatemala, quiero dirigirme a todos los Sacerdotes, Diáconos, Religiosos y Religiosas, Consagrados y Consagradas, y a todos los Fieles Laicos y hombres de buena voluntad, en el comienzo de este tiempo litúrgico de la Cuaresma, que nos preparará para celebrar, con gran alegría, la Pascua del Señor, Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
La cuaresma es un tiempo litúrgico que comienza el Miércoles de Ceniza. Es un tiempo de preparación a la Pascua y termina el Jueves Santo antes de la celebración de la Cena del Señor. Tiene una duración, como lo indica su nombre, de cuarenta días. No olvidemos que la Cuaresma no tiene un fin propio, sino que su finalidad es únicamente prepararnos para la celebración anual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. “La celebración anual de la cuaresma es un tiempo favorable, durante el cual se asciende a la santa montaña de la Pascua” Cuaresma es subir hacia Dios.
El tiempo de cuaresma, con su doble carácter, prepara tanto a los catecúmenos como a los fieles en orden a la celebración del misterio pascual. Los catecúmenos se encaminan hacia los sacramentos de la iniciación cristiana, tanto por la “elección” y los “escrutinios”, como por la catequesis; los fieles, por su parte, dedicándose con más asiduidad a escuchar la Palabra de Dios y a la oración, y mediante la penitencia, se preparan a renovar sus promesas bautismales.
Por eso, como pastor de esta Arquidiócesis de
Santiago, es mi deseo que no desaprovechemos la oportunidad de vivir esta
Cuaresma a profundidad, que nos acerquemos con mayor intensidad y empeño a la
escucha de la Palabra
de Dios. Cada domingo de Cuaresma es una oportunidad para reflexionar sobre
nuestra propia vida cristiana, cómo la estamos llevando, si hemos crecido en
acercamiento a Dios y al prójimo, si nuestra condición de bautizados da
testimonio ante los demás. La misma Palabra de Dios y aún todos los signos
externos propios de este tiempo nos ayudan a provocar cambios significativos en
nuestra vida, nos llaman a la conversión.
Para este tiempo de preparación la
Iglesia nos propone tres grandes herramientas, como lo hemos
escuchado en la liturgia de la
Palabra del Miércoles de Ceniza: la oración, el ayuno y la
caridad.
La ORACIÓN. Hoy en día la Iglesia nos propone muchas formas y métodos para orar, pero no debemos olvidar que la máxima expresión de la oración la encontramos en la Eucaristía y en la Sagrada Escritura, donde verdaderamente encontramos el sentido de este tiempo litúrgico. Por otro lado, no podemos olvidar las variadas expresiones de piedad popular, como el rezo del vía crucis, las siete palabras, los cortejos procesionales y otros que debemos mejorar y potenciar.
Me detengo un momento para exhortar a todas las Hermandades, Cofradías y Asociaciones de Pasión, que como sabemos, son muchas en nuestra Arquidiócesis, para que este año ayudemos a todos los devotos cargadores, que son miles, a profundizar en su fe, a crecer en testimonio y fidelidad a Cristo, y que seamos ejemplo para los demás. Que no haya rivalidades y envidias, ni actos poco honestos y anticristianos, entre hermandades y entre sus miembros, sino que todos nos preocupemos por celebrar la Pascua del Señor unidos, dando un fiel testimonio cristiano. Que estos actos de fe popular nos motiven a amar más a Cristo, a imitarlo y a seguirlo.
El AYUNO, que no consiste solamente en abstenerse de comer, sino que eso que uno no se come, poderlo compartir y llevar a aquellas personas que verdaderamente lo necesitan, que en nuestra Arquidiócesis son muchas. El ayuno, como una práctica muy antigua ha de ayudarnos a meditar y profundizar en las necesidades de los demás y así asemejarnos a Cristo, que supo con su vida compartir los gozos y las penas de todos los hombres. Que esta práctica no sea solamente un signo externo, sino que nos lleve a un cambio de vida.
La CARIDAD, que cuánta falta nos hace hoy en día. Jesucristo con su muerte en la cruz nos dio una muestra de su amor, nos llama a que durante toda la cuaresma y siempre, demos ejemplo de amarnos los unos a los otros. Basta con ver la televisión o leer los periódicos para darnos cuenta de la necesidad de poner por obra aquello que celebramos en nuestra fe. Que podamos practicar las obras de misericordia corporales con aquellos que lo necesitan.
Además de estos puntos de reflexión, no olvidemos que la mejor forma de prepararnos para celebrar la Pascua del Señor es acudir con profunda devoción y arrepentimiento al sacramento de la reconciliación, donde verdaderamente nos encontramos con el Padre de la misericordia que nos perdona y nos llama siempre a la conversión. Dejemos a un lado la vergüenza y el miedo y vayamos confiados que el Señor nos perdona, por medio del sacerdote, y nos devuelve aquella pureza que habíamos perdido a causa del pecado. En muchas parroquias se preparan las celebraciones penitenciales, no dejemos pasar la oportunidad para podernos reconciliar con el Señor.
Para finalizar esta primera parte, quiero exhortar a todos los Sacerdotes, Diáconos y seminaristas de nuestra Arquidiócesis a preparar cuidadosamente y con devoción el Santo Triduo Pascual, cada uno de los signos litúrgicos expresan, de una forma visible y catequética, los misterios de nuestra salvación, por lo que expresados según las normas litúrgicas y la tradición de la Iglesia nos ayudan a vivir con profundidad el misterio de nuestra redención. Si celebramos bien el tiempo cuaresmal, debemos celebrar MEJOR la Cincuentena Pascual, con ánimo, alegría, entusiasmo y diversas actividades pascuales.
Retomar nuestra condición de bautizados
Al igual que nos lo han recordado los obispos de Latinoamérica reunidos en la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, el Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, para la Cuaresma de este año nos invita a reavivar la Gracia que recibimos el día de nuestro bautismo, con su mensaje: “Con Cristo son sepultados en el Bautismo, con él también han resucitado” (Cf. Col 2,12).
Como lo hemos mencionado con anterioridad, el recorrido cuaresmal tiene su cumplimiento en el Triduo Pascual, y en particular en la Gran Vigilia de la noche Santa de la Pascua, en la cual renovamos las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos “del agua y del Espíritu Santo”, y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso a la acción de la Gracia para ser sus discípulos y misioneros. Y para lograr alcanzar esta meta, debemos emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor, que es la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año Litúrgico.
Es por eso, que dedico esta segunda parte de mi mensaje para reflexionar, junto al Santo Padre, sobre este sacramento que no es un rito del pasado, sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia de la persona humana, que le da la vida divina y la llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que la lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Desde siempre la Iglesia asocia la Gran Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo, ya que en este sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8,11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido similar al catecumenado, que para los cristianos ya bautizados, así como para los catecúmenos hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.
En síntesis, todo el camino cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es “hacernos semejantes a él en su muerte” (Flp 3,10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida, es decir, dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios, liberándonos del pecado, del egoísmo, superando el instinto de superioridad y dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Bautismo y la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.
Al igual que Cristo muere en la cruz y nos alcanza la Salvación, así también nosotros celebramos en cada sacramento este Misterio de Salvación, y la participación activa de éstos, ha de provocar en cada uno de nosotros un cambio de vida. Debemos morir en la cruz a todo aquello que nos separa de Cristo, morir al pecado y sus graves consecuencias y renacer a una VIDA NUEVA, una nueva forma de comportarnos, nuevas actitudes para con nosotros mismos y para con los demás, nueva mentalidad, nueva manera de vivir nuestro mismo cristianismo.
En este punto, como lo afirmamos los Obispos en nuestra reciente Carta Pastoral, debemos reconocer que nuestra esperanza “se funda en la fuerza y la certeza de la fe en la victoria de Cristo resucitado, que vence las dificultades, retrasos y contradicciones causadas por las limitaciones humanas y los efectos del pecado en la vida del ser humano”3. Por lo que la vida nueva, en nuestra realidad concreta y en aras de asumir la parte de responsabilidad que tenemos como cristianos en la búsqueda del bien común, nos debe llevar a “no seguir consintiendo la presencia dela corrupción, el desempleo, la violencia, la impunidad, la pobreza, la falta de salud y educación en Guatemala, sin buscar pasos seguros y claros en la búsqueda de soluciones concretas”.4 Es nuestra conciencia bautismal la que debe impulsarnos a salir de la pasividad y del conformismo, llevándonos a promover las transformaciones que son urgentes y necesarias para la sociedad en que vivimos.
Para finalizar, pero no por eso menos importante, invocamos la intercesión de nuestra Madre, la virgen María, para que sepamos acompañar a Jesús en su camino al Gólgota y esperar, con esperanza, su gloriosa resurrección, para celebrar con gozo su presencia vivificadora, que nos anima a seguir adelante y a dar testimonio de su hijo resucitado. A ella encomendamos este recorrido cuaresmal.
Junto al Santo padre, queridos hermanos y hermanas, termino esta carta pastoral, no sin antes darles una palabra de ¡Animo! para que esta celebración de la cuaresma y Triduo Pascual, donde celebramos la muerte y resurrección del Hijo de Dios Vivo, sea un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para salvarnos.
Nueva Guatemala de la Asunción, a los nueve días del mes de marzo de dos mil once. Miércoles de Ceniza
+ Oscar Julio Vian Morales
Arzobispo Metropolitano de Santiago de Guatemala
Por mandato del Señor Arzobispo:
Pbro. Eddy René Calvillo Díaz
Canciller